martes, 18 de mayo de 2010

Italia. Roma

Goethe, el 1 de noviembre de 1780, le dice a sus amistades en sus crónicas Viaje a Italia:

"... Y diré también ahora, en la proximidad de los objetos que nunca creí ver solo, que pienso en vosotros mil veces, constantemente. Solo viendo encadenado a cada uno en cuerpo y alma en el Norte, desvanecida toda pretensión a estos países, pude decidirme a hacer un largo y solitario viaje, en busca del punto céntrico al que irresistible necesidad me empujaba. Los últimos años llegó a ser una especie de enfermedad que solo curarían vista y presencia. Ya me atrevo a confesarlo; llegué a no poder mirar ningún libro latino, ninguna estampa del país italiano. La curiosidad de ver ésta tierra pasaba de madura. Ahora, satisfecha, mis amigos y mi patria volverán a ser amados a fondo, y el retorno deseable. Sí, tanto más deseable, cuando siento de cierto que no poseo tantos tesoros como traigo para mi uso privado, sino que servirán de guía y adelantamiento mío y de los demás, durante toda la vida..."



marzo 1930
El Coliseo (Anfiteatro de Flavio), Roma
EL COLISEO
Edgar Allan Poe

¡Modelo de la antigua Roma!¡Rico relicario

De contemplación majestuosa dejado al Tiempo

Por los siglos de pompa y poder sepultados!

Al final, al final, después de tantos días

De tediosa peregrinación y sed ardiente,

(Sed por las fuentes de saber que en ti yacen),

Me arrodillo, un hombre alterado y humilde,

Entre tus sombras, y así bebo dentro de

Mi propia alma ¡tu grandeza, tu lobreguez y tu gloria!

¡Vastedad!¡Edad!¡Y memorias de lo

Antiguo!

¡Silencio!¡Y Desolación!¡Y Noche oscura!

Te siento ahora -te siento en tu fuerza-

¡Oh, hechizos más seguros que cualquier rey de Judea

Educado en los jardines de Getsemaní!

¡Oh, encantos más potentes que el rapto de Caldea

Tomados siempre de las estrellas quietas!

¡Aquí, donde un héroe cayó, una columna cayó!

¡Aquí, donde el águila burlesca resplandeció en oro,

Unir vigilia de medianoche sostiene al murciélago negro!

¡Aquí, donde las damas de Roma sus cabellos dorados

Ondearan al viento, ahora ondean los bejucos y los cardos!

¡Aquí, donde sobre un trono dorado se tendió el monarca,

Se desliza, como un espectro, en su casa de mármol,

Iluminada por la luz lánguida de la luna gibosa,

La lagartija veloz y silenciosa de las piedras!

¡Pero espera! Estas paredes, estas arcadas con hiedra

Estos orlos moldeados, estos fustes tristes y ennegrecidos,

Estos vagos entablamentos, estos frisos desmoronados,

Estas cornisas destrozadas, este naufragio, esta ruina,

Estas piedras -¡ay, estas piedras grises- ¿son todas,

Todas las famosas, y las colosales, dejadas

Por Horas corrosivas al Destino y a mí?

“No todas.” - me responden los ecos- “¡no todas!

Sonidos proféticos y fuertes se elevan para siempre

Desde nosotras, y desde toda la Ruina, hacia los sabios,

Como la melodía de Memnón al Sol.

Regimos los corazones de los hombres más poderosos, regimos

Con poder despótico todas las mentes gigantes.

No somos impotentes, nosotras, piedras pálidas,

No todo nuestro poder se ha ido, no toda nuestra fama,

No todo lo mágico de nuestro elevado renombre,

No toda la maravilla que nos circunda,

No todos los misterios que yacen en nosotras,

No todas las memorias que cuelgan encima,

Y se adhieren alrededor de nosotras como un ropaje,

Vistiéndonos con un manto mayor que la gloria.”

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